lunes, 12 de septiembre de 2011

El hombre sin pasado o una utopía en la Modernidad


Un hombre desempleado llega en tren a Helsinki y se queda dormido en un banco, no muy lejos de la estación, mientras mira insistentemente su reloj que se ha detenido (quizá premonitorio, un tiempo suspendido de su identidad). Una banda de desadaptados que pasa por allí le roba primero y le pega brutalmente después hasta dejarlo casi sin vida, con el rostro cubierto por su herramienta de trabajo: la máscara de soldador.

En el hospital lo darán por muerto no solo los médicos sino también los instrumentos que tiene prendido a su cuerpo inerte. Sin embargo, ese sujeto vendado de pies a cabeza como si fuera el hombre invisible, de pronto se pone de pie, cobra vida, se acomoda la nariz y emprende un camino incierto, sin memoria.
Instalado en un barrio totalmente marginal, a las orillas de un río, empezaremos a ser testigos de una interminable cadena de actos solidarios hacia él y que él también retribuirá o será testigo (como la escena del Banco). El grupo de solidaridad más orgánico será el Ejército de salvación. En este grupo conocerá a Irma, la que se convertirá en su pareja.

El director se esfuerza por mostrar un tiempo sin tiempo, indefinido aunque con una estética vintage sesentera -no hay presencia de pantallas, televisores y mucho menos computadoras; aunque en un par de pasajes vemos automóviles más contemporáneos- matizada por una fotografía cálida, de contrastes. Quizá la idea es crear un espacio de recuerdo, de añoranza, en un momento en el que podía haber un mejor horizonte de expectativas con respecto al futuro; un lugar en el que a pesar de la violencia injustificada, serían más los virtuosos de espíritu.
“El hombre sin pasado” propone una gran utopía: la de una apuesta por una convivencia mejor a escala humana. Una comunidad de fe religiosa que se expresa de mejor modo entre pobres y marginales. Es decir, una comunidad utópica de caridad humana cuya acción va más allá del mero conocimiento y repetición de las escrituras religiosas: un trabajo que más bien consiste en ayudar, en vez de mirar con ojos de cordero la biblia.

En este sentido, hay la proyección de un mundo posible, de solidaridad frente a un mundo social marginal que pierde al tratar de reconocerse en un Estado distante. La burocracia, la identidad sustentada en un documento burocrático, hará que este hombre vaya construyendo una identidad diferenciada a la que tenía antes, pues al, por ejemplo, querer retomar su antiguo trabajo de soldador no le será permitido por carecer de papeles (un nombre, una cuenta bancaria). Entonces, Si bien podemos ver como desgracia su “incapacidad” para intentar integrarse nuevamente al sistema, también podemos verlo como posibilidad para bregar por un camino diferente, en un sistema alternativo.

Es decir, el hombre sin identidad será un sujeto a la deriva que está buscando alguna cosa que hacer, algo a que asirse. Pero en esa búsqueda no solo será testigo de actos de caridad sino que en ese camino irá construyéndose un nuevo presente sin anclarse en el pasado: un volver desde cero desde un mundo mejor. Si antes fue un trabajador metalúrgico, cosía a fuego láminas de metal frío e inerte; era una tuerca en el sistema industrial, en el sistema capitalista; tenía un vicio, era ludópata: apuesta toda su colección de discos a pesar del gran amor que siente por la música. En un después, el presente que nos narra el film -cuando convive con los marginales cerca del río, fuera del sistema-, si bien no tendrá un trabajo (lo busca y no lo encuentra), el hombre sin identidad se agencia alternativas para desarrollarse, en esa búsqueda organizará un concierto. De este modo nace la fantasía de ser manager de una banda de rock (se lo comenta a Irma cuando van en un auto). Este acto lo distancia de su papel dentro de un engranaje industrial para quizá apostar por una vida marginal pero más conectada con sí mismo, una vida cercana al arte (la música), un arte contestatario como el rock (él sugiera a la banda que haga rock y no esa música acústica tan sosa).

El hombre sin pasado nos muestra una muerte simbólica, aunque quizá real en los códigos del film, un hombre que literalmente regresa de la muerte para ser otro. En esta muerte se encuentra la redención en un final en el que la utopía cristiana es vuelta a mostrar con el juicio final a los vándalos. Si bien en alguna entrevista Kaurismaki afirma que en lo que se refiere a la humanidad ha perdido toda esperanza: “Tuvimos la oportunidad de salvar al mundo, pero no la aprovechamos. El mundo sería mejor sin nosotros.” Su película rebosa un horizonte de esperanza aunque anclada en el pasado.

martes, 6 de septiembre de 2011

Limitless o las pastillas del mundo contemporáneo


Eddie Morra (Bradley Cooper) es un joven escritor carente de dinero, fama y, sobre todo, creatividad, no ha podido rasgar ni una sola línea de su soñada novela sobre un mundo utópico. Su situación parece llegar a un límite cuando su novia Lindy (Abbie Cornish) decide dejarlo. Una situación azarosa lo reencuentra con su ex cuñado (dealer) que le ofrecerá una droga de diseño llamada NZT. A través de ella, Eddie potencia su estado de conciencia y sus habilidades cognitivas, experimenta una creatividad desbordada y un vigor físico casi inagotable. Ahora su mundo es colorido, como un eterno verano tropical, a nivel formal el film cambia la fotografía gris del principio por intensos amarillos que hacen más claro, intenso y cálido el mundo.
El saberse capaz de alcanzar cualquier meta hace que abandone su carrera de escritor y codicie alcanzar el éxito en espacios más hegemónicos y encumbrados, primero en la economía y luego en la política. La película se concentrará en su meteórica carrera como especulador financiero en Wall Street y la relación laboral que entabla con Carl Van Loon (Robert De Niro), dueño de una importante corporación. Ahora con dinero, fama, novia devuelta y nuevo look yupie las complicaciones empezarán cuando, de un lado la NZT se le empiece a terminar (la abstinencia puede producir la muerte o una atrofia total); y de otro lado, aparecerán acechadores que codician su preciado secreto para el éxito.
Precisamente, la “trampa” de la película está en la narrativa del éxito que nos invita a imaginar; en la posibilidad de que una pastilla pueda darnos el empuje para alcanzar todas las potencialidades y más sin un mínimo esfuerzo, sacrificio o proceso de maduración natural, de ensayo y error. Todo instantáneo, artificial (artificio de la pastilla), casi sin dolor y con mucho goce. Esa narrativa tan presente en el mundo contemporáneo –solo basta con ver la publicidad de mágicas cremas reductoras para tener un cuerpo fitness–, es imaginada en la película en su máxima expresión: llegar a ser el dueño del mundo, eso busca Eddie, con una tableta diaria.
A través de la NZT el mundo no tiene límites y las responsabilidades y deberes con el resto tampoco. El final victorioso del héroe, y sin caer en un sermón pastoral, deja abierta la posibilidad de tener como modelo a este modelo individualista en extremo. En el horizonte de Eddie, a pesar de sus intereses políticos, no se vislumbra el deber comunitario, como acaso puede encarnar Neo en Matrix. Su mundo es él y sus deseos de poder megalómanos, como su aspiración de ser presidente algún día. Parece que la pastilla no la eligió él sino al revés.
Eddie es Él y su relación instrumental y pragmática con el afuera. Paradójicamente, la capacidad de amplitud de conciencia lo lanza en esa dirección, Eddie nunca mira hacia dentro, no hurga en sus emociones, en su memoria o en su pasado (a no ser con un fin práctico de aprender una habilidad); no hay una búsqueda más profunda, él solo actúa: correo, salta (desde un acantilado), toca instrumentos, tiene sexo, asesina, conoce gente, habla idiomas, se embriaga, maquina; sin parar, hasta el límite de su corporalidad. No hay un solo instante en que se detenga a meditar lo que le ha pasado. Solo quizá lo hace cuando las pastillas se están acabando y se encuentra con la posibilidad de la muerte o la degradación total, en ese instante se mira en el espejo de su ex esposa. Además, la moral de Eddie también rebasa los límites. Cualquiera que se interponga en su camino es solo un escollo que desechar: los mafiosos rusos o cómo “arregla” el asesinato de la modelo a través de un abogado sin escrúpulos. No hay vuelta atrás. A pesar de sus saberes cuasishamánicos del final de la película, – su capacidad para predecir el futuro inmediato o diagnosticar una enfermedad con solo palpar el cuerpo del enfermo– no hay una mayor comprensión del mundo y de su rol de acción sobre él.
Finalmente, en general los códigos de la película son los códigos del cine show americano. Entre la acción y guiños a ciencia ficción, el ritmo de encuadre y planos coge el ritmo trepidante del héroe. Pero este héroe, como en la películas de acción común no es encarnación del bien. Bajo los códigos del cine americano, el final esperado sería la caída del héroe o su toma de conciencia. La película se distancia de ese tópico y muestra el triunfo de un héroe no convencional: individualista, cínico, sin límites. Pero de otro lado, esos mismos códigos del cine convencional americano proyectan una imagen deseable, la del héroe, a ojos del espectador. Y allí quizá la otra trampa del film ya en el ámbito de la recepción y construcción de imaginarios. La derrota final de Karl Van Loon, hombre hecho así mismo a base de esfuerzo, errores y sacrificios más allá de su matonería y ambiciones –recordemos la conversación con Eddie antes del la concreción de la fusión de las empresas–, apunta también en ese sentido.
E

jueves, 1 de septiembre de 2011

Paulina


R abre la puerta y me topo -con sorpresa, con temor, con sospecha- con Paulina [pero aún no sé que se llama Paulina]. Es rubia, menudita, aún pequeña, aun una niña; pero patea el mundo como si fuera una pelota. Habla alto, estridente, sin preocupaciones tontas de si incomoda o no al que la contempla estrellando el mundo en todas direcciones.

Paulina me pregunta: ¿qué haces tú acá? Permanezco desconcertado y no le respondo. R cierra la puerta y Paulina y el mundo se van por las escaleras. Mi respuesta tal vez debió ser: “vengo acá porque no fui como tú, porque nunca he pateado el mundo sino más bien resiento las patadas que el mundo me ha dado”.

Si retrotraigo al niño que fui podría definirlo por negación: fue lo contrario a Paulina. Pero si ella y yo nos hemos topado en ese mismo espacio es porque algo tampoco anda muy bien en ella. Como todo héroe, esta heroína tiene eso no integrado que la lleva al desequilibro. No me he atrevido a averiguar que es. En la antípoda de Paulina le he dicho a R: “Por si acaso no quiero que me digas que tiene solo quería decirte que me ha perturbado”. Y R me ha dicho: “Tu pregunta pararrayos no ha pateado el mundo”.

jueves, 30 de junio de 2011

MEMORIA DE LA DEPRESIÓN

18 de diciembre, de noche.

Es un lugar común, pero me enfrento al horror de la página en blanco. No sé cómo iniciar a re-crear este estado que me acecha una vez más. Regina ha hecho que caiga en conciencia que siempre me acompañará. La ingenuidad hizo creer que bastaba con las pastillas (por un tiempo) y que luego sería parte del pasado, pero la depresión viene de mi pasado, es parte de mi presente y se arraigará en el futuro. El único gran reto es sobrevivir, tener una vida digna, que todo ello no termine con un hombre colgado de una cuerda o con un tiro en la cabeza. Morir de forma natural.

Hemos vuelto a nuestros rituales, ahora solo una vez por semana. He tenido la sensación que a pesar de eso ha sido intenso. La he sentido más participativa, siento que ha elaborado por mí, no sé si esté bien. Última conclusión: mi familia es depresiva, la narrativa de vida de mis abuelos está signada por el desamor, por la violencia, por la muerte, en especial por la muerte, por la ausencia, por la soledad, por el silencio, por lo no integrado, por una historia que no se cuenta, que se pierde con un niño vagando por las calles en las cuales no nació (mi padre)

Este estado en especial me acompaña en las segundas partes de los años. Puedo contabilizar y describir con claridad el estado depresivo de los últimos años. Desde el 2004. El otro día decía: el año debería de acabar en julio. Luego de julio todo se tiñe de gris, de hastío, de inseguridad, de vació, de silencio, se me ata la lengua y no hablo. Pero si el año tuviera dos partes, un año seria sosegado y el otro una mierda. Sería lo mismo.

En la tarde dormí un poco. Soñé que hablaba con Rocío, que estaba deprimida, que la consolaba, que le decía que me parecía una mujer espectacular, que había conseguido mucho, que fuera consciente de eso, que no había razón aparente para estar mal. En el fondo la entendía, que la depresión nos coge sin razón aparente, simplemente es como un malestar que aparece plagada de pura subjetividad. Para los otros nuestra vida puede ser plena y no comprende este estado subjetivo. A pesar de ello, yo intentaba hacerla saber lo grande que ella era.

En la tarde también soñé que estaba con un tipo, íbamos por Surco. De pronto todo era rural. La carretera al lado tenía un manantial profundo. Una camioneta iba a dar al agua. Él y yo no dudábamos en lanzarnos a rescatar a los que iban en ella. Abríamos la puerta. Intentaba emerger la cabeza a uno, pero eran como 5 los tripulantes. La que más me preocupaba era una joven, que estaba como atrapada debajo de los asiento. Sentía que despertaba y que el aire se le acababa, era desesperante. No había forma de sacarla, sabía que el aire se le acabaría. Era una mujer delgada. El sueño terminaba.

domingo, 15 de mayo de 2011

perro

Te sigo, quiero alcanzarte. Estamos cerca de casa. Mientras tú avanzas a paso sostenido, un perro me detiene. Ladra peligrosamente, imagino que me morderá, está rabioso. Tomo la iniciativa. ¿Cómo se enfrenta a un perro en un sueño? Me acerco, mido mis movimientos, sobre todo el de mi mano derecha y atrapo su hocico con ella. Fue arriesgado, lo sé. No dejo que la abra. Cuando lo tengo bien sujeto lo lanzo por los aires. Se golpea en los vidrios de un tercer piso. Cae y llora. Pienso: se me fue la mano. Intento escapar del dueño, que ahora, pienso, debe ser otro perro enfurecido.

jueves, 5 de mayo de 2011

El disco que no esperábamos (ya no debería sorprendernos)


Angles - The Strokes.

Cada vez que se escucha un nuevo disco de The Strokes es inevitable no remitirse al Is this it, su primer disco. Es inevitable preguntarse si esta vez superarán la calidad de ese gran disco debut del año 2000 que los llevó a ser llamados “los salvadores del rock”. Y es que The Strokes no solo fue la renovación de la industria de la música, paradójicamente, con un sonido vintage, sixities; sino también significó en algún sentido una renovación cultural. El look apostaba a eso: peinados, accesorios y ropa de tono sesentero y setentero. No solo la música era cool sino también la actitud. El mismo nombre de la banda traía reminiscencias a The Beatles, The Rolling Stones, The Doors, con el artículo “The” delante del nombre. The Strokes era una banda de garaje en una ciudad como New York, donde, paradójicamente no hay garajes. Detrás de ellos vinieron The White Stripes, The vains, Black Rebel Motorcycle Club, Yeah, yeah, yeah, y un largo etcétera venidos no solo de USA sino de Australia o Suecia. En el fondo creo que era una vuelta nostálgica a la contracultura de los sesentas, a la cultura hippie en el inicio de un nuevo siglo. Y se despertaría de ese sueño demasiado pronto con el 11-S.

Pero de esa fábula han pasado un poco más de diez años y Time isn’t kind to the cool. Luego del fallido y pretencioso First Impression of earth (2005), The Strokes apuestan por un disco breve, diez temas que apenas sobrepasan los 30 minutos. Algunos medios gringos e ingleses les han errostrado que se hayan demorado tanto en hacer un disco tan irregular como este. Resulta injusta la recriminación, en realidad solo se han tomado la mitad de ese tiempo. Recordemos los proyectos individuales que cada uno de los integrantes han tenido en los últimos años, el más mediático el disco solista de Julian Casablancas (Phrazes for the Young, 2010).

Para Rolligstone es un buen disco, le ha puesto cuatro estrellas de cinco, para algunos medios ingleses como BBC o The guardian, el disco es mediocre. Me apreciación está más cerca de esta última. En números, de las 10 canciones, rescato 4: “Machu picchu”, “Under cover of darkness” “Games” y “Life is simple in the Moonlight”. Aunque, en estos tiempos, siempre cae bien escuchar al menos un puñado de buenas canciones.

“Machu picchu”: Si eres peruano y esperas alusiones explícitas al pasado Incaico no te gustará. En realidad es más significante que significado. Lo fáctico es que el baterista Fab Moretti estuvo mochileando por Latinoamérica y pasó por aquín hace unos años. El sonido de esta canción es bien ochentero, sintetizadores y teclados le dan un toque de disco, pero el sonido es básicamente en clave de reggae. En ese sentido, tiene la influencia del disco debut de Casablancas, parece que ahora su fascinación en sonido y look va en esa dirección. Es una buena canción, pero no espectacular.

“Undercover of darkness”: No lo había notado, pero esta canción tiene mucho de “Someday”. Es la que más se parece a las canciones del Is this it. Ha sido el primer single del disco y parece que busca enganchar con los fans más conservadores de la banda. Es una canción divertida, se percibe el clásico contrapunteo de las guitarras de Valenci y Hammond, una guitarra acelerada de rasgueos nerviosos y otra más rítmica con pausas mientras se suceden solos afilados.

“Games”: tiene el espíritu ochentero de “Machu picchu”, pero es una canción de medio tiempo. Quizá la más melancólica y nostálgica del disco. En el coro, Casablancas grita una y otra vez: “living in empty world”. Hay un vacío, una vez más, nostálgico en la canción. Solo se oye una guitarra que se supedita a los sintetizadores y secuencias electrónicas. La batería es producto de esta. Una de las mejores canciones del disco. Un nuevo ángulo bien logrado en la banda. Quizá este sea el camino que ellos quieren encontrar.

“Life is simple in the Moonlight”: es una gran canción y quizá la mejor del disco. Sintetiza bien lo que fue y es la banda. La perfecta armonía entre el pasado rockero y el presente new age. El solo de guitarra es uno de los mejores que han hecho hasta el momento y esto no es poco decir, pues si algo ha caracterizado a la banda han sido sus excelentes solos.

Angles, como ha dicho Hammond, es un disco en el cual cada uno de los integrantes tieneun ángulo de percepción sobre la música en este momento. Por eso podemos pasar de canciones más rocanroleras a otras de espíritu new age; aunque también hay algo de la vanguardia de este siglo con You’re so right que parece una canción cantado por Tom York en el Kid A (Quizá esta sea la canción más fallida de todas). En fin, solo queda esperar que este año aterricen en Lima. Mientras tanto recordemos que el tiempo se destruye y a todos nos cambia, entonces, por qué a ellos también no.

viernes, 22 de abril de 2011

DOS


Si bien luego de la muerte de nuestro padre y el suicidio de nuestro hermano mayor, nuestra madre seguía prodigándonos ese amor tan suyo, algo se había quebrado. Ahora que el tiempo y los avatares me posicionan en otro lugar puedo decir que la muerte había roto vínculos imperceptibles. Vínculos que nunca habían transitado por la oralidad, sino por los gestos. Quizá un poco de desamor hacia el otro se había establecido como modo de protegernos ante una eventual y próxima muerte. Sabíamos bien que una vez más aparecería sin aviso y nos arrebataría eso que amábamos o que simplemente estábamos acostumbrados a ver y sentir.

Luego de un viaje volví a casa y un nuevo integrante habitaba en ella. Era una anciana bajita, de pelo corto y cano, con una mirada tierna, pero que a diferencia de la de nuestra madre parecía en determinados momentos siniestra.

Ella se encargaría desde entonces de colaborar con los quehaceres de la casa que mi madre, por su edad, ya no podía cumplir con diligencia. Sin embargo, el parecido entre ambas cada día se fue haciendo más notorio. A veces, luego de llegar del trabajo nos sorprendía, a mi hermano y a mí, no poder distinguirlas de espalda mientras lavaban algún enser. Pero esta madre apenas hablaba, claro que tampoco había caracterizado a la otra una locuacidad desbordante.

A veces me sorprendía pensando, narcisistamente, que si la muerte llegaba agazapada por la noche, de improvisto, no sufriríamos tanto la pérdida de nuestra madre original, pues nos quedaba otra que cumplía con la misma dedicación la tarea de cuidarnos y de tenerlo todo en orden luego de un día de trabajo. Esta madre, cocinaba perfectamente (como la otra), tenía siempre bien planchadas las camisas y pantalones (como la otra), y quizá le faltaba (también como la otra) una mayor cuota y dedicación para tener más limpia y ordenada la casa.

Como ya lo presagiábamos, la muerte volvería a llegar: un ataque mientras dormía hizo que la contempláramos en un real sueño sin retorno. La noticia nos la dio nuestra otra madre cuando volvimos del trabajo. El cuerpo aún permanecía en la cama, no se había atrevido a moverlo ni a avisar a nadie durante todo el día. Recién cuando llegamos, al caer la noche, es que empezamos a seguir, en un estado ingrávido, los trámites burocráticos para darle el ritual fúnebre.

La incineramos, como lo había deseado. Cuando salíamos del crematorio fue paradójica la imagen de ver a nuestra madre original hecha polvo gris en una urna que era llevada por esa otra madre que había aparecido sin previo aviso; como dos hermanas perdidas que se encontraban en el ocaso de sus vidas. Ahora tan diferentes.

Como ya lo dije, luego de varios meses lejos de casa encontré a esta madre viviendo con nosotros. Mi madre nunca me supo explicar bien como la conoció y ella, nuestra ahora madre, tampoco supo explicar cuál era su pasado, me decía cosas como: “Uy, hijo, soy tan vieja que ni yo misma me acuerdo quien fui”. Ante respuestas como esa la curiosidad se atenuaba hasta que volvía a acecharla con preguntas. Un día me di cuenta que nunca sabría del pasado de esta anciana que había venido a reemplazar a la que nos había parido. Esa era la única diferencia entre una y otra. Miento, había otra diferencia, la única diferencia fáctica. No solo había en su mirada una ternura de anciana dulce de cuentos infantiles, sino también una mirada tan misteriosa y oscura como su pasado, una mirada de olvido, amenazante, que me atemorizaba y me perturbaba. Es aquí el lugar donde se produce una madeja negra que se enredan sobre mis ojos y teje una línea imperceptible entre la práctica del sueño y la vigilia.

***

Mi hermano almuerza, parece ensimismado por alguna razón, trae los ojos cargados de preocupación. Entro a la cocina. Nuestra madre me mira con esa mirada que traiciona la ecuanimidad. Trato de salir de allí. Se acerca e intenta apuñalarme. Sostengo el cuchillo como un rayo plateado que iba a caer con un ruido ensordecedor. Forcejeamos. Tengo la mano sangrando. He cogido el cuchillo por el lado del filo, lo empuño como a un corazón. Me sorprende la fuerza que tiene. Luce rejuvenecida. Grito y nadie parece escucharme. Ella insiste en el acto. No recuerdo más.

A la mañana siguiente tengo la mano vendada. Mi madre ahora tiene el rostro tierno. Ella es la única que me queda. Ya no le temo. No me atrevo a preguntarle que pasó. Empiezo a recordarlo todo. Me voy a trabajar sin decirle nada a nadie. Nadie es el único hermano que me queda y del cual he sabido poco a pesar de vivir juntos.

Llega la noche. No lo soporto. Siento su mirada vacía como de muñeca anciana de porcelana; obscena, irrepresentable, esa mirada le gana a las dádivas de su pródigo amor. No hemos hablado de lo que realmente ha pasado. Ella solo me cambia el vendaje, tan blanco, tan limpio y me ha besado ambas manos a pesar que una está intacta. Ella sale de la habitación, yo permanezco contemplando la cortina cerrada atenuando el alumbrado de la calle. Decido confrontarla. La contemplo guardando manteles limpios en un cajón. La veo de perfil, está acorralada por la pared y aquel estante con gavetas. No digo nada, pues las palabras siempre han sido caras en nuestra casa. De mi maletín ya no saco libros sino cuchillos. Empiezo a lanzarlos. Ellos vuelan en espiral. El primero rebota en la pared y luego se incrusta en el lado derecho de su cráneo. Ella no se inmuta, continúa con su labor. Sigo lanzando, ahora tenedores que se le incrustan en diferentes partes de su cuerpecillo. No siento remordimiento sino paz ante una amenaza que se extingue.

Ella no se defendió, siguió guardando esos manteles tibios, blancos, perfumados, recién planchados, hasta que se desplomó.

En estos años he sentido más la ausencia de mi pie. He reescrito esta historia varias veces: la llegada de esa otra madre luego del accidente, la convivencia con ambas, la partida de una, sus cenizas, mis lágrimas sobre ella, sus manos como pasas extendidas vendando mis manos, este pasaje incierto de los cuchillos y tenedores, y, por supuesto, su mirada amenazante, de muerte, de una madre que quiere asesinar a su crío recién nacido.

Mi cuerpo es una celda de recuerdos, solo un artefacto de la memoria. El disco rayado que canta la misma canción una y otra vez, pero cada una de las canciones repetidas tiene pequeñas variantes que terminan haciendo de ella relatos contradictorios, a veces diferentes y sin el menor sentido.