martes, 17 de febrero de 2009

domingo, 15 de febrero de 2009


La teta asustada de Claudia Llosa gana premio que alguna vez obtuvieron cinestas como Claude Chabrol, Igmar Bergman, Jean-Luc Godard o John Cassavetes.


El Festival Internacional de Cine de Berlínes es uno de los festivales top, lo sabemos, pero, ¿qué películas han ganado el Oso de oro? Ante una noticia, que por su magnitud nos hace leerla una y otra vez para saber que es real, acá va una pequeña enumeración de obras maestras a las cuales se suma la película peruana-hispana: Wild Strawberries (1958) de Ingmar Bergman, Les Cousins (1959) de Claude Chabrol, Alphaville (1965) de Jean-Luc Godard, The Garden of the Finzi-Continis (1971) de Vittorio De Sica, Deprisa, Deprisa (1981) de Carlos Saura, Love Streams (1984) de John Cassavetes, Sense and Sensibility (1996) de Ang Lee, The People vs. Larry Flynt (1997) de Milos Forman, Estación Central (1998) de Walter Salles, Magnolia (2000) de Paul Thomas Anderson, Spirited Away (2002) de Hayao Miyazaki.

martes, 20 de enero de 2009

El lugar U-tópico de la migrancia

“Hace 35 anos que emigre a USA, al principio extranaba todo, pero cada vez que volvia a pasear me iba desilucionado, ahora hace 25 anos que no vuelvo, la Argentina que recuerdo es una foto detenida en el tiempo que dejo de existir. A medida que fue pasando el tiempo y al haber vivido otras experiencias me fui dando cuenta que la mejor desicion que habia tomado fue haberme ido.Saludos a todos.” Oscar, Los Angeles.

“Y ya está? ¿esa es toda tú reflexión sobre la inmigración? Viene más en un chicle bazooka.
Es más complejo que es eso. Te lo puedo demostrar.
Por cierto, me gustaría dejar este pasaje de la película de Adolfo Aristaráin:(Martin [Hache)
- Hache: ¿No extrañás? ¿No te dieron ganas de volver?

-Martín: Eso de extrañar, la nostalgia y todo eso, es un verso. No se extraña un país, se extraña el barrio en todo caso, pero también lo extrañás si te mudás a diez cuadras. El que se siente patriota, el que cree que pertenece a un país es un tarado mental, la patria es un invento. ¿Qué tengo que ver yo con un tucumano o con un salteño? Son tan ajenos a mí como un catalán o un portugués. Es una estadística, un número sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente. El país son tus amigos y eso sí se extraña, pero se pasa. Lo único que yo te digo es que cuando uno tiene la chance de irse de Argentina la tiene que aprovechar. Es un país donde no se puede ni se debe vivir. ¡Te hace mierda! Si te lo tomás en serio, si pensás que podés hacer algo para cambiarlo, te hacés mierda. ¡Es un país sin futuro! ¡Es un país saqueado, depredado y no va a cambiar! Los que se quedan con el botín no van a permitir que cambie.
-Hache: Que la patria es un verso, estoy de acuerdo. Pero es una posición muy pesimista. Todo puede cambiar. No creo que sea mucho peor que otros países.
-Martín: La Argentina es otra cosa. No es un país, es una trampa. Alguien inventó algo como la zanahoria del burro. Lo que vos dijiste: puede cambiar. La trampa es que te hacen creer que puede cambiar. Lo sentís cerca, ves que es posible, que no es una utopía, es ya, mañana y siempre te cagan. Vienen los milicos y matan 30.000 tipos. O viene la democracia y las cuentas nos cierran y otra vez a aguantar y a cagarse de hambre y lo único que podés hacer, lo único en que podés pensar es en tratar de sobrevivir o de no perder lo que tenés. El que no se muere, se traiciona y se hace mierda. Y encima te dicen que somos todos culpables. Son muy hábiles los fachos. ¡Son unos hijos de puta! Pero hay que reconocer que son inteligentes: saben trabajar a largo plazo.
Un saludo!"


Acabo de leer un breve post de Juan Pablo Meneses titulado “Nostalgias inmigrantes” (de allí tomo los comments). El cronista chileno viene escribiendo sobre este tema desde hace algunas semanas. Su último post me ha parecido uno de los mejores y me tienta a pensar en las nostalgias migrantes –prefiero migrante a secas, ni inmigrante, ni emigrante. Pero migrante todavía no figura en la RAE, lo que si figura es nostalgia y me quedo con la segunda definición: “Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.” No es casualidad entonces que con mucha frecuencia no se pueda diferenciar entre melancolía y nostalgia. En este caso, nostalgia por el lugar del cual hemos partido y melancolía al construir una representación de ese pasado perdido en un presente melancólico.

Quizá Lima sea la urbe hecha con más nostálgicos, más del 80% de su 8 millones de habitantes somos migrantes o hijos de migrantes. Más allá de la nostalgia y la melancolía, las sensaciones que finalmente organizan nuestra percepción y actitud ante lo real cuando migramos, algunas otras preguntas me atosigan: ¿Qué sentido de pertenencia tiene un migrante? ¿De dónde siente que es? ¿Qué lugar quiere más, del que se fue o en el que está? Es ocioso generalizar pero a veces también me pregunto ¿por qué tanta gente no quiere Lima? Esta ciudad tan migrante. Lo pienso sobre todo por el poco cuidado de la ciudad, por la basura regada en la calle y es que acaso no sea ese un problema de urbanidad sino de pertenencia: "no percibo a Lima como mi ciudad, incluso la detesto, no me siento en casa pues no la es, por tanto no la quiero, no la cuido como debiera hacerlo". Pensando en Badiou podríamos decir: estoy incluido pero no pertenezco.

John Beverley alguna vez escribió que se siente de un lugar utópico, en el sentido etimológico del término: sin lugar. Beverley pasó su niñez y juventud, aquellos años que definen nuestra identidad, entre Venezuela, Perú y EEUU. Ahora me asalta la nostalgia y echo de menos la lluvia de cuando tenía 12 años, los amigos de juego (que ahora viven acá y curiosamente no busco), el pueblo que ya no es. Pienso: soy Otro, ellos son Otros, el pueblo es Otro. Me percato que en estas líneas hay una total ausencia de un Nosotros. Y voy más allá: cómo pensar la Nación si siempre somos otros para nosotros mismos, nosotros los migrantes (hablo sobre todo de los desarraigados, aquellos no adaptados del todo). De más decir que Perú es un migrante, no sé cuán enfermo, pero sano no.

La migrancia es una cuestión inter-local, inter-global –a veces se producen ambas en el transcurso del tiempo- cuyo matiz más relevante, creo yo, es lo transfroterizo. Al entrar en cualquier frontera se desarticula nuestra percepción segura del entorno –lo sensible, lo inteligible-, ya no seremos los mismos. Lo que quedó atrás no se anclará en el tiempo, sino que cambiara tanto como nosotros cambiemos, aunque sí se cristalizará en nuestra memoria. Así, con nuestra narración identidaria, entiéndase performance de la memoria, desarticulada, nuestra pertenencia devendrá en un u-tópico. Nuestra actitud a eso que llamamos casa, barrio, ciudad, país o a secas Nación, se convierte en un vacío indefinible, en un gris de diversas tonalidades, en una batalla por la identidad que se sitúa en la misma corporalidad del sujeto, en un juego violento de los re-cuerdos que nos convierten en casi squizos. La migrancia es, entre otras cosas, aquello que dice Oscar desde Los Ángeles. (Veo que Oscar no encuentra ni tilde, ni “ñ” en su teclado) y también es lo que dice Martín, el padre de H en la película de Aristarain.

lunes, 12 de enero de 2009

Rebelde, ¿cuál es tu causa?

R se pasa la hora y media de clase con los audífonos retumbándole los oídos. Me he cansado de insistirle que se los quite mientras le explico algo de lo que ni yo mismo estoy muy convencido. Quizá en el fondo siento que es mejor para él escuchar una inocua canción a escucharme hablar de literatura española. Pero R no solo se cubre de mi voz con una anónima canción. También me llama Harry Potter y sus compañeros lo celebran tratando de emularlo. Me resultaría gracioso si no lo haría con la violencia con que enuncia ese adjetivo. Su inflexión vocal parece irradiar odio, como si tuviera una cuenta que saldar conmigo.

A pesar de ello estamos en un punto inerte, sin dialéctica. No me meto con él y él solo sobrepasa mis reglas dentro de lo tolerable. Lo único que me ronda la cabeza es qué será de nosotros cuando el colegio se termine y no nos volvamos a ver más, o más precisamente qué será de él cuando en verdad empieza la vivir su existencia fuera de un aula de clases, fuera de la tutela de sus padres. ¿Recordará con significación a los que le advertían que su comportamiento no era el adecuado? ¿A aquellos que lo reprimían más? ¿O me recordará a mí en mi permisividad…quizá excesiva? Me siento desarmado para responder estas preguntas, me siento desarmado para saber cuánto es la justa medida para reprimir y permitir. De saber qué tan decisivo sea la influencia que le doy durante una hora y media a la semana.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Un fantasma de mañana.

D ocupa el pupitre al lado de la venta. D tiene la mirada perdida, atravesada por el inmenso cristal de pared que da a la avenida. Presiento que D ve sin ver. Me acerco a él: “siéntate bien, trabaja”. Me mira como mira todo, como si fuéramos fantasmas. Parece que soy invisible, imperceptible a su mirada, a su atención. Pienso: “estoy muerto”. No me atiende, no me responde o solo lo hace con murmullos, con un aparente temor.

D desentona obscenamente con sus demás compañeros del aula. Los otros participan, se burlan, toman y dejan de tomar nota, gritan, ríen, se aburren, bostezan: viven el colegio. Y pienso que quizá nosotros no seamos los fantasmas sino él. D no copia, no atiende, no participa, ni siquiera molesta o interrumpe. Solo esboza indelebles murmullos de tanto en tanto.

Las semanas se suceden y sé que algo lo perturba en ese silencio, en esa ausencia. Prefiero mantener distancia. “Los demás chicos agotan todo lo que hay en mí”, me digo. No tengo tiempo para saber que pasa por esa cabeza o en realidad no lo quiero tener. Llega el fin del bimestre y D, como era previsible, desaprueba el curso. No le tengo compasión. No ha mostrado ni el más mínimo interés.

En los días sucesivos me entrevisto con la mamá de D a pedido de ella. Me cuenta una historia previsible que no intuí: D estuvo viviendo sólo con su padre y, según la madre, era como si estuviera solo. No me pregunto donde estuvo ella en esos dos meses que he tratado con él. No le recrimino aunque debería de hacerlo. He tenido que convivir con un fantasma por dos meses y sé que, muy en el fondo, me ha perturbado infinitamente.

¿Diario o testimonio?

El testimonio me ha entusiasmado por sus potencialidades para escuchar aquellas voces que nos cuesta escuchar o no queremos escuchar. Pero qué hay de la persona que presta testimonio, qué sucede en los momentos en que testimoniar es ante todo una tortura (paradójicamente, en los albores de occidente el testimonio solo servía como tal cuando era obtenido bajo este método), cuando el testimonio es como una primera cita con el psicoanalista, aquella primera cita en la que no se elabora esa memoria enferma y solo se sopla alcohol sobre una herida que es una cicatriz eterna. Porque el testimonio es como aquella primera cita, solo que sin vuelta próxima a la vista.
Me planteo todas estas preguntas a partir de la lectura del Murmullo de los fantasmas de Boris Cyrulnik. Cyrulnik prefiere el diario, al testimonio, la ficción a lo factual, y, pareciera que en algunos casos, la escritura a la oralidad, como acto creativo y edificante para elaborar los traumas (pensemos en los padres, hijos y nietos de la violencia política). Y argumenta: "La escritura ofrece muy pronto ese procedimiento para la resiliencia, ya que permite situar fuera de uno mismo, para volverla visible, objetivable y maleable, un sufrimiento impregnado en el fondo de uno mismo" (CYRULNIK 150). En oposición se podría decir que las limitaciones del testimonio está en que uno solo tiene el cuerpo para evocar, para nombrar aquello que nos duele y ese dolor solo rebota squizoide en las paredes de nuestro límites corporales. Por lo contrario, en la escritura está el papel para empaparlo de miasmas, de toda aquellas excrecencia: " [...] cuando escribo con las palabras que busco y al ritmo que me resulta propio, saco fuera de mí mismo, alumbro sobre el papel, la cripta que cada noche dejaba escapar varios fantasmas" (CYRULNIK 150).